martes, 16 de diciembre de 2008

Sacrificio Artificial














Por Carlos Andueza

Levanto la vista y observo la Tierra en todo su esplendor. El tenue fulgor azulino del planeta acaricia la vastedad plateada de la Luna, mientras mi pelo ondea ingrávido sobre mis hombros. Apuro el último sorbo de champaña y exhalo un suspiro de satisfacción: la inauguración ha sido un éxito. El Ala Terrestre de Kaleidos, la nueva galería pública lunar, fue abierta con mis pinturas y aún siento ese gran espacio en mi interior que sólo el orgullo puede llenar. Cierro los ojos, esperando guardar el sabor del momento.
Detrás de mi, pasos conocidos interrumpen el suave silencio del desierto blanco.
-Isabel, es hora de regresar…
La etérea voz de Adhes me hace sonreír. Abro los ojos y giro hacia mi guardaespaldas.
-Como tú digas.

La turbulencia previa al despegue siempre me pone nerviosa. No me gustan los transbordadores, prefiero la teletransportación, pero el gasto de llevar las pinturas hasta la Luna limitó nuestro viaje de regreso a la Tierra. La tercera clase fue la única opción. Adhes, sin embargo, está tranquila; tiene nervios de acero.
-No tengas miedo. Yo estoy contigo- me dice, mirándome directamente a los ojos.
El temblor característico de la nave comienza a aumentar de potencia y aferro mis manos a los brazos del asiento. Cierro los ojos y trato de respirar hondo. La voz del piloto automático atraviesa la estática de los parlantes y ordena instrucciones que no puedo oír. Mi frente empieza a sudar. Todo se mueve violentamente. Trato de no pensar, de no sentir, de no estar. Mi corazón se acelera; está a punto de estallar. De pronto, Adhes suelta mi mano derecha del asiento y la sujeta con la suya. Abro los ojos, y la miro. Veo que ella los tiene cerrados, que su cabeza se encuentra apoyada en el respaldo de su asiento y que no mueve un solo miembro de su cuerpo. Las luces no están encendidas, pero mis mejillas sí.
-Tus latidos han cambiado de ritmo. Puedo sentirlo- asegura Adhes.
-Voy a estar tranquila cuando esta huevada deje de sacudirse tanto.
El transbordador atraviesa la atmósfera lunar y alcanza la estabilidad que esperaba. Las luces se prenden y todos sonríen como si nada; me siento tonta, pero respiro aliviada. Me acomodo en mi asiento y me quito los zapatos con disimulo. La nave vuela sin que nadie lo sienta.
-Al menos ya pasó todo- le sonrío a Adhes.
-¿El despegue?
-Y la inauguración, también.
-Te veías bastante feliz.
-Eran ansias, más que nada. No todos los días se expone en un satélite.
Mientras hablamos, el negro absoluto del cosmos es enmarcado por la ventanilla blanca; las estrellas, a los lejos, corren en la dirección contraria a la nave.
-Tus obras son perfectas. Simétricamente bellas- lanza Adhes, de pronto.
No puedo evitar soltar una carcajada. Sólo Adhes se podría fijar en ese tipo de cosas. Sus intentos de halagarme son algo torpes la mayoría de las veces, pero me agradan. De verdad me agradan…
-Bueno, gracias…
-Leo también ayudó- acotó Adhes, cambiando de tema.
-Es cierto. Le debo demasiado a ese anciano.
-Es un buen hombre.
-Pero también te debo mucho a ti, Adhes.
-¿A mí?
Mi acompañante nunca espera palabras de agradecimiento. Su total falta de interés por recibir algo a cambio nunca ha dejado de sorprenderme. Sin embargo, ahora reconozco cierta diferencia. Hay algo muy especial en Adhes. Sus gestos, sus palabras… El brillo de sus ojos se intensifica con mi declaración.
-Sí- le confirmo- Por supuesto. Sin ti… yo no…
Adhes queda inmóvil un momento, mirándome. Parpadea, incómoda. Se acomoda en su asiento y carraspea un poco.
-Para eso estoy- me dice, con los ojos cerrados.
Mientras veo cómo la Tierra se acerca cada vez más, recibiéndome, pienso en lo mecánica de esa frase. La he escuchado muchas veces pero, no sé porqué, ahora creo encontrarle un significado distinto, un acento diferente.
Inexorable, la nave espacial sigue su curso.
La esfera azul lo abarca todo. Las estrellas y el espacio infinito se rinden ante tan brillante planeta. La Luna se inclina ante su grandeza y, lentamente, se aleja por respeto. El Universo converge en un punto cercano; el Cosmos entero se derrama en una pequeñísima partícula de polvo. Y la Tierra se tiñe de rojo escarlata. La sangre impura de la raza condenada. Infinitos cables se conectan entre sí; se enredan, se cortan, vierten líquidos espesos. Carne, metal y leche materna se mezclan y se confunden, formando un charco maloliente bajo las entrañas de todas las ciudades de la Tierra. Las cloacas del mundo oxidado; la sopa originaria de la nueva raza. La Tierra entera como el caldero primordial de las generaciones sucesoras a la especie humana. Sucesos improbables. Avances impensados. Sexo imposible. Veo mi cuerpo acostado en el piso de mi habitación. Veo todos los rincones de mi departamento, cada detalle, cada grieta en el piso y cada pedacito de pintura descascarada. La cama desechable; las píldoras de nuevas camas en el velador; la ruma de loza sucia en el lavaplatos; la habitación del taller regada de pintura, bastidores y pinceles. Veo todo aquello desde la Luna. Me encuentro en medio del desierto blanco del satélite, entre miles de conejos macabros que miran, al igual que yo, mi cuerpo tendido en la Tierra. Y Adhes recostada a mi lado, desnuda, con sus pechos suaves y su miembro erecto apuntando hacia la Luna. Las miradas de cada una clavadas en un punto perdido del infinito, pero aún así, nuestras manos entrelazadas por sobre una alfombra sangre y leche. Los conejos de la Luna comienzan a dar instrucciones atravesadas de estática. El mundo tiembla con violencia.
Escucho a lo lejos la voz de Adhes. Siento que mi cuerpo se sacude y que todo alrededor mío también. Abro los ojos.
Adhes me zarandea, tratando de despertarme y, antes de levantarse, me dice que espere, que vuelve al tiro. Aún estoy soñolienta pero de a poco recobro la plena conciencia. La nave se mueve sin control, mientras los parlantes no dejan de emitir indicaciones de emergencia, instrucciones que son ignoradas bajo el desesperado griterío de la tripulación. Todas las mascarillas de oxígeno están fuera de sus compartimentos y la gente se apresta a utilizarlas. Repentinamente, el calor se hace insoportable. Miro por la ventana y veo fuego en vez de espacio sideral. Mi corazón estalla en latidos y el miedo me paraliza. Me mantengo anclada en el asiento, pero necesito saber dónde está mi compañera.
Trato de no pensar y me levanto. Atravieso el pasillo buscando a Adhes, mirando en todas direcciones. Veo a niños chillando y a ancianos desmayados; veo a jovencitas vomitar y a hombres adultos llorar de impotencia. La nave va en picada, cada vez más rápido.
Alcanzo la última sección del transbordador y noto que la puerta de la cabina está abierta y que dentro de ella hay un gran alboroto. Entro a la cabina y veo que la azafata, desconsolada, derrama lágrimas negras mientras explica a los pasajeros cómo deben afrontar la situación. Más adelante, distingo a Adhes enfrascada en una tensa conversación con el piloto. El hombre, de mediana edad, ha entrado en colapso. Se mantiene sentado en su puesto de mando, pero no sabe qué hacer. Habla en voz alta, mueve las manos por sobre su cabeza y presiona botones que, noto desde la distancia, ya no sirven de nada. Adhes trata de calmarlo, pero no lo consigue.
Número rojos en el tablero anuncian una mortal cuenta regresiva. 120 kilómetros. 110 kilómetros.
La vista desde la cabina es aterradora; la Tierra ya no es una esfera lejana, ahora lo abarca todo, y la franja marrón que es Chile se ve cada vez más cerca. El calor dentro de la nave es insufrible, pero en muy poco tiempo la atmósfera terrestre ya no será la mayor amenaza.
-¡Adhes!
-¡Isabel! ¡Sal de aquí!
El piloto deja de moverse y no hace más que mirar los números en el tablero.
90 kilómetros.85 kilómetros.
-¡Dios mío! ¡Vamos a morir, por la cresta!- solloza la azafata, que opta por dejar el auricular descolgado y salir corriendo de la cabina.
75 kilómetros.
Adhes se quita la chaqueta y la camisa. Se desabrocha el sostén y presiona con fuerza sus pezones. Apenas logro reaccionar al darme cuenta de lo que está tratando de hacer.
60 kilómetros.
Veo cómo sus pezones se hunden y sus senos se separan. De entre sus pechos se abre una fina ranura que aumenta su tamaño lentamente. Varias capas de piel se separan y abren paso a un gran compartimiento de metal. Innumerables cables se entrelazan dentro de la cavidad abdominal; se enredan, se conectan entre sí. La carne se confunde con el acero y un líquido viscoso lo recorre todo, hidratando los tejidos y engranajes.
Adhes introduce su mano derecha dentro de la caja torácica abierta y desenreda una gruesa manguera adosada a su columna vertebral artificial. Extrae la manguera y conecta con una de las terminales del tablero de mando.
50 kilómetros.
-¡Adhes, no! ¡Por favor!
La situación es crítica. El calor aumenta cada vez más y la nave se sacude sin control alguno; a lo lejos, puedo oír los gritos de la tripulación.
-¡Sal de la cabina, Isabel!
-¡Adhes, por la mierda!
Haciendo un esfuerzo mayúsculo por mantenerme en pie, me acerco a Adhes y la abrazo. Bajo su pantalón siento un bulto duro; su miembro erecto es el resultado de la gran cantidad de energía liberada. Pienso que sus demás órganos están también al máximo de sus capacidades… pero que pronto ya no podrán soportar más.
De reojo, veo cómo el piloto reacciona y asume nuevamente su posición.
40 kilómetros.
-¡Isabel, aléjate!
Adhes se mantiene inmóvil. Veo que sus pupilas se dilatan. Todo es un caos.
30 kilómetros.
Me levanto sobre la punta de mis pies y alcanzo su boca. La beso guiando sus labios al roce de los míos, y masajeando su lengua de silicona blanda con la mía. El androide queda impávido, y desde su ojo artificial brota una lágrima de aceite.
Un certero golpe en la boca de mi estómago hace que caiga de espaldas, golpeándome la nuca.


Blanco. Todo está blanco. Abro los ojos y veo todo muy claro. Trato de levantarme pero un dolor, que me atraviesa de extremo a extremo como un rayo fulminante, me lo impide. De pronto lo recuerdo todo.
-¡Adhes!- grito, pero nadie me contesta, sólo el eco mortal de la realidad más pura y descarnada.
Las paredes color blanco hueso, el olor a medicamentos, y la estrecha camilla en la que estoy recostada, me indican, sin lugar a dudas, en dónde me encuentro.
Levanto la vista y veo la Luna a través de la ventana.

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